Por Javier Zapata.
En Nayarit, el Día Internacional del Policía se celebra con discursos oficiales que hablan de honor, compromiso y lealtad institucional. Pero esa narrativa choca con la realidad cotidiana de quienes patrullan calles, brechas y comunidades donde la violencia no siempre aparece en las estadísticas, pero sí en la vida diaria. Aquí, la vocación policial no se fortalece desde el Estado; Se resiste a pesar de él.

El policía nayarita opera en un contexto complejo, presencia real del crimen organizado, reacomodos territoriales silenciosos, zonas donde la autoridad se disputa metro a metro y una presión constante por “dar resultados” sin contar siempre con las herramientas necesarias. La estrategia de seguridad cambia de nombre, pero no corrige las fallas de fondo, improvisación, falta de planeación a largo plazo y decisiones tomadas desde el escritorio, lejos, muy lejos de la calle.
Hablar de seguridad pública, sin hablar del abandono policial es una forma de simulación. Cada Día Internacional del Policía se repite el mismo ritual: discursos, reconocimientos, fotografías oficiales. Pero en la realidad operativa, el policía sigue siendo el eslabón más exigido y el menos protegido del sistema.
Se habla de coordinación, pero en la práctica muchos elementos trabajan con equipo limitado, capacitación desigual y protocolos que no siempre se aplican ni se actualizan. Se les exige disciplina absoluta, pero se les niega algo básico, condiciones laborales acordes al riesgo que enfrentan. En varios municipios de Nayarit, el salario policial sigue siendo insuficiente, las jornadas son extenuantes y los descansos una concesión, no un derecho.
La omisión institucional también se expresa en el silencio. Silencio ante el desgaste emocional, ante la ansiedad permanente, ante el trauma acumulado por escenas de violencia, amenazas y perdida de la vida. En Nayarit, la salud mental del policía no es una política pública, es un tema evitado. Y ese abandono no solo pone en riesgo al elemento, sino a la sociedad entera.
Cuando un policía cae en cumplimiento del deber, el reconocimiento suele durar lo mismo que el ciclo mediático. Después viene el olvido administrativo, los trámites interminables, las familias desprotegidas y la sensación de que el uniforme solo sirve mientras es útil. La lealtad institucional, en muchos casos, es de un solo sentido.
A esto se suma una práctica peligrosa: Utilizar al policía como escudo político. Cuando la estrategia falla, la responsabilidad se descarga en el último eslabón de la cadena. Pocos mandos rinden cuentas, casi ninguna decisión se asume desde arriba y la corrupción estructural rara vez se toca, aunque todos sepan dónde está.
En Nayarit, la salud mental policial sigue fuera de la agenda pública. El estrés, el trauma, la ansiedad y el desgaste emocional se normalizan como “parte del trabajo”. Esa omisión no es menor, policías agotados emocionalmente son un riesgo para sí mismos y para la sociedad. Pero atenderlo implicaría reconocer que el modelo actual falla.
En Nayarit, hay policías honestos, comprometidos y cansados. Cansados de cargar con la desconfianza social, con la precariedad laboral y con un sistema que primero los expone y luego los juzga. No se puede hablar de seguridad pública, sin hablar de dignidad policial. No se puede exigir resultados sin asumir responsabilidades.
Hoy, en el Día Internacional del Policía, la pregunta no es si debemos felicitarlos. La pregunta es, si el Estado de Nayarit está dispuesto a dejar de administrar el abandono como política pública y comenzar a construir una seguridad basada en instituciones sólidas, policías protegidos y decisiones que no se tomen desde la simulación.
Porque cuando el policía es abandonado, no solo se traiciona su vocación; Se pone en riesgo a toda la sociedad.
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